Hace un mes y medio aproximadamente, tuve la oportunidad de actuar por primera vez en México, país al que viajé con mucha ilusión porque llevaba mucho tiempo queriéndolo conocer.
Mi viaje tuvo dos paradas, Chiapas estado al Sur de México y la ciudad de México. La primera parada fue en la maravillosa San Cristobal de las Casas, ciudad colonial enclavada en el centro de Chiapas y a la que fui gracias a que allí vive mi amiga Gabriela Ottogalli, actriz y activista social de origen argentino.
Habíamos planeado con Gabi pode hacer alguna actuación en San Cristobal y esto fue posible gracias al contacto de “Ceci cuentos”, narradora oral mexicana que facilitó que pudiera finalmente actuar
en una escuela primaria de Molino los Arcos, dentro de una comunidad Chamula ( pueblo indígena de la etnia Tzotzil), para niñas y niños de cinco años con los que ella había trabajado previamente y a los que conocía al igual que a sus docentes.
Antes de ir a la escuela y el propio día de mi actuación, tenía un poco de temor por si las niñas y niños no me entendían, por si las palabras que usaba no eran las correctas y pensando en que los códigos culturales podían ser muy diferentes a los usados en España, pero la experiencia no pudo ser más hermosa, no solo me entendieron sino que se rieron, cantaron e interactuaron. Se borraron mis prejuicios y me sentí muy afortunada de haber vivido la experiencia de contar por primera vez para criaturas de una comunidad Chamula.
Al finalizar la actuación las docentes nos invitaron a un refrigerio riquísimo y tuvimos la oportunidad de charlar sobre diversas experiencias en la escuela, sobre su visión en aquella comunidad de usos y costumbres. Nos regalaron café orgánico de Chiapas y también un curioso plátano guineo que no había probado nunca. Las niñas y niños se abrazaban a nosotras y entendí que las únicas barreras culturales están en nuestras cabezas.
Diez días después, me tocó actuar en la plaza Santa Catarina de Coyoacán, en ciudad de México, y tuve otra experiencia inolvidable bajo un árbol centenario, bautizado por las narradoras y narradores como “el árbol de los cuentos”.
Cada domingo, desde hace 38 años, “un grupo de narradores orales, se reúnen en la Plaza de Santa Catarina en Coyoacán, a la sombra de este árbol ( probablemente un roble) para compartir cuentos.” Este grupo, liderado por la narradora Beatriz Falero, nombrada guardiana de la palabra, se ha convertido en lugar emblemático y yo diría mágico para la narración oral en México.
El recibimiento de Beatriz y el público no pudo ser más bonito. Pese a que ese 29 de junio había muy pocas personas por el pronóstico de lluvia y tal vez por las vacaciones estivales muy próximas, se reunieron en torno a unas 15 personas que escucharon atentamente mis historias y luego algunas y algunos de ellos compartieron también sus relatos. La propia Beatriz contó su casamiento con “El árbol” aunque en algún momento pensó que era “una arbola” por sus características biológicas, y como se ha convertido en una “escuchante” de todas las narradoras y narradores de los diferentes países que han pasado por allí. Contaba Beatriz que si te acercas a él-ella se pueden escuchar todas las historias que se han contado en esa plaza. Yo lo comprobé y pude escuchar el eco de esas voces.
Antes de empezar ella me había entrevistado delante del público, preguntándome como había empezado a narrar, y así entre charla y charla comencé mi sesión, hablando de mujeres-brujas, mujeres- protectoras, mujeres-fantasmas y la sorpresa final, una mujer asesina. Fue justamente esta última la que más caló en el público, vaya una a saber porqué, curiosidades que te sorprenden en cada actuación.
Finalmente acabamos hablando y compartiendo relatos, con el público. Uno de los que tomó el micrófono fue Alejandro “Alegrando historias”, que también narró algunas historias divertidas y nos contó además que en sus épocas de estudiante de una maestría en Budapest, organizó un ciclo de narración en español que duró tres años, algo insólito en aquellos lares.
En definitiva una experiencia, la de México, que perdurará en mí durante toda la vida y que me hizo pensar en la importancia de viajar, de estar abierta, de intercambiar vivencias con otras personas, de sentir otros olores, ver otros colores y escuchar otros acentos.