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Cada persona guarda una historia y cada historia merece ser contada. Cada historia es única porque es nuestra.
Con esa premisa intenté jugar en el último taller de narración oral que impartí en Choele Choel, localidad de la Patagonia argentina donde nací hace 56 años.
Mi intención era ofrecer algo a ese lugar donde crecí y del que he recibido tantísimas cosas. Entre ellas, la posibilidad de conocer el teatro y elegirlo como profesión para mi vida, gracias a los talleres gratuitos de la Escuela de Arte Municipal que alguna vez existió y a los que, como adolescente, tuve la suerte de asistir.
Irma, Mónica y Roque, integrantes de la comisión de la Biblioteca Popular Nicolás Avellaneda, no dudaron en aceptar mi propuesta. Sabían que estaría pocos días por allí y les pareció una buena idea. Así se forjó el taller «De la memoria al relato», un espacio para descubrir distintas maneras de narrar a viva voz, con dos encuentros intensivos y un grupo de doce personas curiosas, creativas y generosas que se entregaron a los ejercicios y dinámicas propuestas.


Entre mates y bizcochitos comenzaron a surgir relatos de la infancia: historias a veces duras, dolorosas, pero también con la certeza de que era bueno contarlas para reparar ciertas heridas.
Y fue entonces cuando se sucedieron momentos únicos: paisajes de mujeres y de ríos; relatos salpicados con aceite de locomotoras en Darwin —el pueblo ferroviario—; momentos de la infancia en Coronel Suárez; recuerdos sonoros en La Pampa; caballos en Jujuy y carretas en Río Negro.
Historias lejanas y cercanas a la vez.
Las fotos del pasado que cada participante llevó —esta había sido una de las propuestas— volvieron para ser narradas por otras personas que, asombradas, podían imaginar a aquel niño curioso que ahora era un hombre adulto, o a aquella madre que hacía café y tostadas para aquella niña que ahora se había convertido en abuela.
Y yo misma me sorprendí al encontrarme con una maestra de mi infancia. En el último año de la escuela primaria nos había acompañado al viaje de fin de curso y allí nos cantaba una canción que, muchos años después, juntas logramos recordar y cantar.
El taller estuvo lleno de emociones. Se escapó alguna que otra lágrima y también apareció algo de tristeza, pero eso es lo que tiene viajar al pasado.
Uno nunca vuelve exactamente igual.


Quizás por eso es tan importante recordar. No olvidar de dónde venimos, quiénes somos y quiénes nos arroparon con amor para poder llegar hasta aquí.
Y quizás también recordar que, cuando hemos recibido tanto, siempre podemos devolver algo.
Aunque sea un pedacito de lo que recibimos.

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